domingo, 13 de diciembre de 2015

Conocerse a si mismo: Uffff!!!!


"Conócete a ti mismo" es un mándala que nos repiten continuamente desde todos los frentes, desde las teorías más sesudas de la inteligencia emocional hasta el mayor panfleto de autoayuda que puedas encontrar en las librerías. Es la frase clave para lograr tus metas y propósitos, el punto de partida para la correcta comunicación y la llave para alcanzar la ansiada felicidad. Es, pues, la "piedra roseta" de nuestro yo.

Pero... (y siempre hay un pero) ¿Nos conocemos? ¿Sabemos cómo hacerlo? 
Anuncio de entrada que no tengo la formula mágica: sólo quiero hacer algunas reflexiones que puedan sernos útiles, no únicamente para cada uno de nosotros, sino también para trabajarlo en la escuela y en casa.

En primer lugar, conocerse a sí mismo, es un ejercicio de valentía que exige un esfuerzo importante de sinceridad para poder hacer una buena autocrítica. No es fácil "mirarse por dentro" y poner encima de la mesa esa disección de nuestro carácter, nuestras debilidades, anhelos, el lado oscuro de nosotros mismos. Como dice Felipe, ¿y si no me gusto? La experiencia puede ser muy frustrante si no encontramos la persona que queremos o creemos ser.

En segundo lugar, exige tiempo: conocerse implica dedicar unos minutos diarios a la exploración por nuestro interior, a escuchar nuestros pensamientos, sentimientos, emociones, preocupaciones...  A estar en silencio y en soledad con uno mismo.

También exige saber escuchar a los demás: nuestra imagen personal se construye con una parte importante de los mensajes que, sobre nosotros, recibimos de los otros. Estos mensajes pueden convertirnos en héroes o en villanos según cómo sea esa relación y cómo nos "tomemos" las críticas o halagos de los demás.

Además, implica prestar atención a nuestras reacciones y preguntarnos el por qué de las mismas. Por ejemplo, si respondemos airadamente ante un comentario inocuo de alguien, tendríamos que pararnos unos segundos para ver qué estamos sintiendo y por qué hemos respondido así: puede que estamos cansados, o enfadados porque esa persona ha llegado tarde una vez más... Significa reconocer esa situación, poniéndole nombre, lo que implica que podamos parar la espiral de enfado o nerviosismo y actuar de manera más inteligente.

En último lugar mencionar que  es una práctica continua que no acaba nunca ya que cada una de las experiencias que vamos viviendo va moldeando nuestro carácter y personalidad provocando pequeños (o grandes cambios) que van modificando nuestra manera de ser.

El "gran problema" es que, por norma general, no estamos acostumbrados a hacer todo esto. No es algo que hagamos habitualmente, sino que surge como una necesidad en un momento determinado de nuestra vida, generalmente en la edad adulta y por un motivo concreto como una situación especialmente difícil en nuestra vida, ante una decisión muy importante o por que nos "ataca" el estrés y la ansiedad y tenemos que pararnos. Aún así, es un ejercicio muy saludable que te ayuda a limpiar de telarañas tu personalidad, a explicar muchos de tus comportamientos, a aprender y mejorar y sobre todo te enseña a quererte y a apreciarte porque también sirve para poner en valor todo lo hermoso que hay en tu persona.

Como padres y profes, como "educadores todos", creo que sería muy importante enseñar a los niños a conocerse (de acuerdo con su edad y sus posibilidades) desde pequeños, a saber apreciar en qué son buenos, a poner nombre a sus emociones, a saber qué les enfada, qué les asusta y con qué recursos cuentan para hacer frente a su vida. Parece difícil, pero no lo es tanto, simplemente es ir observando y escuchando a los peques e ir haciéndoles pararse a pensar. Además contamos con los juegos y sobre todo con los cuentos (mucho mejor si ellos son los protagonistas) para ayudarnos en esta tarea.
No olvidemos que hacerles personas autónomas e independientes implica este conocimiento personal.

¡Ánimo! Seguro que encontramos hermosas personas en nuestro interior.




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