domingo, 30 de agosto de 2015

Camino del exilio I: El memorial de Portbou


Cruzar la frontera por Portbou es una experiencia muy emotiva. Allí, en un paisaje bellísimo, parece que el tiempo se detuvo en aquellos días fríos de enero del 39 en los que miles de españoles se convirtieron en refugiados.


Al detener el coche en tierra de nadie y mirar a tu alrededor, sientes algo especial dentro de tí.  El aire parece estancado, silencioso, cargado de sentimientos. El camino es estrecho y sinuoso, montañoso. 


Si miras adelante, ves allá abajo la playa de Argelès sur Mer, el próximo destino; atrás "la senda que nunca se ha de volver a pisar"; a tu derecha, la inmensidad azul del mar y, a tu izquierda, junto con la abandonada garita de la guardia de fronteras, el Memorial de Portbou.

El Memorial es muy sencillo. Se trata de unos paneles que, a través de fotografías, rinden homenaje a la memoria de todos aquellos refugiados que cruzaron, dejando atrás todo lo que tenían.


Cuando me acerqué a mirar las fotos, no pude evitar que la emoción que ya llevaba acumulada se desbordará en lágrimas al contemplar las caras de esos miles de personas, mujeres, ancianos, niños, que sólo sabían que tenían miedo, hambre y frío; personas humilladas por una próxima derrota, cogidas en medio de una guerra que sin saber cómo ni por qué les había expulsado de sus casas y su tierra. Refugiados que cruzaban una frontera inhóspita, buscando la paz y la seguridad del país vecino, para acabar confinados como delincuentes en un campo de refugiados (o de prisioneros o de...) ubicado en el cercana playa de Argeles sur Mer.



La frontera se abría y se cerraba arbitrariamente y a cuentagotas, obligando a aquellas personas a permanecer a la intemperie, sin más alimentos que los que ellos llevarán y sin auxilio de nadie. Poco a poco pasaban y eran llevados a una playa cercada con un alambre de espino, en la que tampoco había lugar donde cobijarse, ni aseos, ni... sólo desesperación. 


 En medio de todos ellos, portavoz de la dignidad, D. Antonio Machado, el poeta cansado de vivir, que pedía le dejarán en la cuneta. Un hombre bueno, honesto y leal a sus principios que defendió la legalidad del gobierno legítimamente elegido ("yo no soy político; si la República hubiese sido de derechas, también la hubiese defendido"), por un pueblo que sólo buscaba el progreso, harto de injusticias y de gobernantes inútiles.
Algunos amigos, consiguieron sacarle de allí junto a su anciana madre y llevarles a Colliure, donde "le cubre el polvo de un país vecino" y cruel que no supo estar a la altura de las circunstancias, igual que ahora mismo esta Europa tan civilizada no sabe qué hacer con todas esas personas que buscan el amparo contra la crueldad, la barbarie y a los que no dejamos pasar en nombre de no sé qué cuotas.

Desde aquí, quiero agradecer la construcción de este Memorial en la frontera, (no tengo constancia de que haya ninguno más en España, perdonar si no es así) en tierra de nadie, en medio de un inmenso silencio, un lugar en el que rendir un sencillo homenaje a todas las víctimas de la barbarie de la mal llamada humanidad.




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