lunes, 16 de mayo de 2016

Mi pueblo






Entre estas dos imágenes ha pasado mucho tiempo, prácticamente, una vida entera, una me ha acompañado desde el lugar de honor que mi madre le dedicó en casa desde aquel día lejano de Un recuerdo mi infancia; la otra representa la ilusión cumplida de tener un pueblo.

Yo soy de Madrid, pero como Madrid es muy grande, uno es del barrio en el que ha nacido y se ha criado, así que soy de Carabanchel, con la cabeza alta y el orgullo del barrio obrero. Pero yo quería un lugar mío, una tierra con la que sintiera unos lazos de pertenencia y apego que no sentía con mi Madrid del alma, un lugar del que presumir, como hacia mi hermana, que sí vivió la infancia del pueblo, del abuelo al que no conocí.

Muchos lugares han generado, durante estos años, vínculos imborrables que han llenado mi vida de momentos felices, de buena y hermosa gente, de emociones únicas. La Sevilla que me acoge y adopta, dándome lo más grande que llevo en mi corazón; esa Roma a la que volvería siempre; ese Mediterráneo, con Mojácar y Cadaqués, con su luz y su fuerza. Pero sin saberlo, añoraba un pueblo.

La Mancha estaba cerca, así que busqué el pueblo de mi padre, su entorno, sus viñas, su casa: fue muy emotivo y un homenaje a ese gran hombre que me hizo con toda la dignidad y el orgullo de ser su hija. Pero faltaba algo.

En mi imaginario infantil había un pueblo, una romería, unos sabores, unos "palabros" que salían sin querer, despertando la sonrisa en los que me rodean y me quieren, con un "ya salió la manchega".

Muchos nombres (Villanueva de Córdoba, Torrecampo, Pozoblanco, Almadén, Alamillo, San Benito, Los Pedroches, la Sierra de la Alcudía...) que sonaban en mi mente. me hablaban de una tierra frontera entre Andalucía y la Mancha, con el río Guadalmez dibujando la raya, en las estribaciones de Sierra Morena, valles de frío y calor inmisericorde, de gentes "recias", inmigrantes por hambre, que volvían una y otra vez, aferradas a aquel lugar.






Me hacia ilusión volver al pueblo, sentir la tierra de unos antepasados que no conocí y de una familia con la que sólo me unía los lazos de los recuerdos infantiles. Así que un primaveral Puente de Mayo (no hay mejor momento para ir) pusimos rumbo hacia allí. Casi llegando, nos perdimos (por hacer caso al navegador) y paramos para dar la vuelta al coche, en medio del "Serengeti" manchego: enormes praderas a mi alrededor me dijeron que iba a merecer la pena, que aquello era mi tierra. Así fue.







Las calles de Villanueva de Córdoba, de allí era mi abuela, me hicieron sentir cómoda, como cuando te encuentras con una vieja amiga a la que hace mucho que no ves. Me hacía gracia ver el apellido en las tiendas, oír el habla lejano en mi memoria, ese acento distinto que mezcla el andaluz, el manchego y el extremeño. 




Y de repente, en medio de las Cruces de Mayo, de la Feria de Torrecampo, descubres que todo eso que te gusta y que creías descubierto hace poco, formaba parte de ti, estaba en tu interior. 





Allí estaba la fuerza de la vida en las encinas centenarias, duras, retorcidas, maltratadas por el paso del tiempo, pero siempre orgullosas, alzando sus ramas y fundiéndose con el cielo azul profundo. 




 Allí estaba el esplendor de la primavera recién llegada para vestir los campos de color y del canto de no sé cuantos pájaros diferentes capaces de hacer algo sólido del aire que te rodea.

Allí estaba el santuario, aquel que se construyó en el siglo XV para dar cobijo a la Chiquitita, esa Virgen empeñada en permanecer allí, entre encinas y jaras, a pesar de los intentos del pastor por llevarla al pueblo...



 Aquella Virgen que retiene los recuerdos de una lucha fratricida para recordarnos a todos que no puede ser más.


 Y la alegría de las gentes respirando primavera, cantando a su Virgen con lágrimas en los ojos y el corazón encogido, dando gracias por un año más. Que saca a su Virgen para que contemple su tierra, entre vaivenes de portadores inexpertos, gritos de ¡Viva la Virgen de Veredas!, Salves sentidas y el suspiro de alivio del capataz cuando consiguió depositarla, sana y salva, en su templo.



Y... ¡A ocuparse de las necesidades humanas! A bailar sevillanas (y yo sin mi traje de flamenca), entre copa de vino y rebujito; entre jamón y queso manchego, que para algo somos tierra frontera entre la Mancha y Andalucía y cogemos lo mejor de los dos sitios; ¡la morcilla de mi pueblo! 

Allí estaba la curiosidad de antaño por alguien a quién no conoces "y tú, ¿de quién eres?", la calle empinada por donde bajaban los cerdos, la casa de mi abuela, el abrazo entrañable de aquellos a los que querías en el recuerdo y que te dice que no te equivocaste al hacerlo...

Allí estaban los hilos que te hacen sentir que esa es tu tierra, tu origen, tu fuerza... Mi Pueblo.


 ¡Sólo faltaron las migas! ¡Cómo os eché de menos!


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